martes, 18 de diciembre de 2012

C de César Díaz López.... Esperanza Nuestra.



Esperanza Nuestra

Mentiría si dijera que es la primera vez que pienso en esto. Mentiría si dijera que es la primera vez que estoy a punto de hacer este comentario en público. Mentiría el que dijera que es un pensamiento vano, una obsesión, una ilusión que me ciega.
            Mi afición por la fotografía y mi gusto por las cofradías me han llevado a pasar horas viendo reportajes hermosísimos delante de la pantalla de mi ordenador: hoy un repaso a las webs de actualidad, mañana un rato de lectura a los comentarios de los foros cofrades en los que se habla de lo humano y lo divino y, casi siempre, horas y horas viendo fotos de las Sagradas Imágenes de la Virgen, que son mi pasión y que ocupan la mayor parte de mi pensamiento y mi oración.
            Y ese amor y celo que siento por los iconos marianos, me llevaron a crear el blog El arte de vestir a la Virgen en el que no he dado cabida a los comentarios criticones que distraigan mi atención ni la del visitante, sino que pretende ser un cara a cara con la Madre de Dios en sus múltiples y dulcísimas advocaciones iconográficas.
            A veces he caído en la tentación de que mis ojos de cofrade, fotógrafo y vestidor me lleven a fijarme en lo adecuado o inadecuado de la anchura de un manto, en la calidad de un encaje o en la disposición más o menos perfecta de un tocado, pero hoy, como cada vez que me he acercado a una imagen de Sevilla, de la Sevilla Macarena, Trianera o Trinitaria, he comprobado una vez más, que soy incapaz de fijarme en todo eso cuando la Sevilla Eterna me presenta a la Madre de Dios a mi altura y ante mis ojos.
¿Qué tiene la Virgen en Sevilla? ¿Será su aura? ¿Será su unción? ¿Serán sus ojos? ¿Serán los míos?
He de confesar que hoy, como siempre que me pongo a las plantas de la Virgen en Sevilla soy capaz de imaginar lo que encontraré en el cielo. No creo que en la eternidad del empíreo seamos capaces de contar los pliegues de un manto recogido o los frunces de un encaje. Estoy seguro que en el cielo, como en Sevilla, cuando te pongas de cara a cara, de frente a frente con la Madre de Dios, bastará con mirar sus ojos y en ellos veremos la plenitud de la gloria, porque la gloria del cielo se puede ver en los ojos, en el rostro, en las manos, en el porte, en la presencia, en la eternidad de la gloria de la Virgen en Sevilla.
            Y estos flashes de cielo abierto en presencia de la Virgen, siempre los veo en Sevilla; pero mi alma de jerezano me ha regalado momentos eternos de gloria en los ojos de la Esperanza de la Yedra cada vez que me pongo ante Ella; y ya ha podido estar la Virgen en camisón o con la más rica saya, de hebrea o con el manto de calle, que el vértigo de su mirada me han conmovido en lo más profundo de mis entrañas. Y he visto el cielo de par en par con las Mercedes del Soberano aquel día en que mi pecho sirvió de regazo a su rostro cubierto de una capucha cuando la llevábamos la primera vez a su templo para bendecirla.
            Hoy, día de la Esperanza, cuando la Virgen en Sevilla me ha regalado una vez más el cielo de su presencia, es justo que yo le devuelva mi gratitud y mi reconocimiento por concederme el ser capaz de mirar más allá de su mirada de esperanza y de ver la gloria de par en par con el ancla de mi vida arribada un día en los puertos celestiales.
            Dios te salve, María, llena eres de gracia. Dios te salve, Sevilla, llena eres de gloria.


César A. Díaz López

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